domingo, 25 de abril de 2010

Baldomero Espartero (1840-1843)

Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro (Granátula de Calatrava (Ciudad Real), 27 de febrero de 1793 - Logroño, 8 de enero de 1879). Príncipe de Vergara, Duque de la Victoria, Duque de Morella, Conde de Luchana y Vizconde de Banderas, títulos concedidos por su carrera como General y Regente de España.

Su padre había encauzado su formación para un destino eclesiástico pero la Guerra de la Independencia le arrastró desde muy joven al frente de batalla, que no abandonó hasta veinticinco años después. Combatiente en tres de los cuatro conflictos más importantes de España en el siglo XIX, fue soldado en la guerra contra la invasión del francés, oficial durante la guerra colonial en el Perú y General en Jefe en la guerra civil. Vivió en Cádiz el nacimiento del liberalismo español, senda que no abandonaría jamás. Hombre extremadamente duro en el trato, valoraba la lealtad de sus compañeros de armas —término que no gustaban de oír los demás generales— tanto como la eficacia. Combatió en primera línea, fue herido en ocho ocasiones y su carácter altivo y exigente le llevó a cometer excesos, en ocasiones muy sangrientos, en la disciplina militar. Convencido de que su destino era gobernar a los españoles, fue por dos veces Presidente del Consejo de Ministros y llegó a la Jefatura del Estado como Regente durante la minoría de edad de Isabel II. Ha sido el único militar español con tratamiento de Alteza Real y, a pesar de todas sus contradicciones, supo pasar desapercibido los últimos veintiocho años. Rechazó la Corona de España y fue tratado como una leyenda desde bien joven.

INICIOS

Menor de ocho hermanos, era hijo de un carpintero-carretero, familia trabajadora de la clase media preponderante en un pueblo de casi 3000 habitantes. Tres de sus hermanos fueron religiosos y una hermana, monja clarisa. En Granátula había recibido clases de latín y humanidades con su vecino Antonio Meoro, preceptor de Gramática, con gran fama en la zona, dado que preparaba a los chicos para acceder a estudios superiores. De hecho nombraría posteriormente al hijo de éste, Anacleto Meoro, obispo de Almería. Cursó sus primeros estudios oficiales en la Universidad Nuestra Señora del Rosario de Almagro, donde residía un hermano suyo dominico, y obtuvo el título de Bachiller en Artes y Filosofía. Almagro contaba con su propia Universidad desde 1553 por Real Cédula de Carlos I y era una ciudad muy activa y próspera. Su padre deseaba para Espartero una formación eclesiástica, pero el destino truncó esa posibilidad. En 1808 se alistó en el ejército para formar parte de las fuerzas que combatieron tras el levantamiento del 2 de mayo en Madrid contra la ocupación napoleónica. Las universidades habían sido cerradas el año anterior por Carlos IV y la propia Almagro había sido ocupada por los franceses.

Fue reclutado junto a un numeroso grupo de jóvenes por la Junta Suprema Central que se había constituido en Aranjuez bajo la autoridad del entonces ya anciano Conde de Floridablanca, con el fin de detener en La Mancha al invasor antes de que las tropas enemigas llegasen a Andalucía. Fue alistado en el Regimiento de Infantería Ciudad Rodrigo en calidad de Soldado Distinguido, grado que adquirió por haber cursado estudios universitarios. Durante el tiempo que estuvo en las líneas del frente en la zona centro-sur de España, participó en la Batalla de Ocaña, donde las fuerzas españolas fueron derrotadas. De nuevo su condición de universitario le permitió formar parte del Batallón de Voluntarios Universitarios que se agrupó en torno a la Universidad de Toledo en agosto de 1808, pero el avance francés le llevó hasta Cádiz donde cumplía su unidad funciones de defensa de la Junta Suprema Central. Las necesidades perentorias de un ejército casi destruido por el enemigo obligaron a la formación rápida de oficiales que se instruyeran en técnica militar. La formación universitaria previa de Espartero permitió que el coronel de artillería, Mariano Gil de Bernabé, lo seleccionara junto a otro grupo de jóvenes entusiastas en la recién creada Academia Militar de Sevilla. El nuevo destino no evitó que actuase desde el primer momento en escaramuzas con el enemigo durante su formación como cadete, y así consta en su hoja de servicios. Se le integró, junto a otros cuarenta y ocho cadetes, en la Academia de Ingenieros el 11 de septiembre de 1811 y ascendió a subteniente el 1 de enero del siguiente año. Suspendió el segundo curso, pero se le ofreció como alternativa incorporarse al arma de infantería, al igual que a otros subtenientes. Tomó parte en destacadas operaciones militares en Chiclana, lo que le valió su primera condecoración: Cruz de Chiclana.

Sitiado por los ejércitos franceses desde 1810, fue espectador de primera línea de los debates de las Cortes de Cádiz en la redacción de la primera constitución española, lo que marcó su decidida defensa del liberalismo y el patriotismo.

Mientras la guerra tocaba a su fin, estuvo destinado en el Regimiento de Infantería de Soria, y con dicha unidad se desplazó a Cataluña combatiendo en Tortosa, Cherta y Amposta, hasta regresar con el Regimiento a Madrid.

CAMINO DE AMÉRICA

Terminada la guerra, y deseoso de proseguir su carrera militar, se alistó Espartero en septiembre de 1814 -al tiempo que era ascendido a teniente- en el Regimiento Extremadura, embarcando en la fragata Carlota hacia América el 1 de febrero de 1815 para reprimir la rebelión independentista de las colonias.

La corte fernandina había conseguido desplazar a ultramar a seis regimientos de infantería y dos de caballería. A las órdenes del general Miguel Tacón y Rosique, Espartero quedó integrado en una de las divisiones formadas con el Regimiento Extremadura que se dirigió hacia el Perú desde Panamá. Llegaron al puerto de El Callao el 14 de septiembre y se presentaron en Lima, con la orden de sustituir al Marqués de la Concordia como virrey del Perú por el general Joaquín de la Pezuela, victorioso en la zona.

Los mayores problemas se concentraban en la penetración de fuerzas hostiles desde Chile y las Provincias Unidas de Sud América al mando del general José de San Martín. Para obstaculizar los movimientos, se decidió fortificar Arequipa, Potosí y Charcas, trabajo para el cual la única persona con conocimientos técnicos de todo el Ejército del Alto Perú era Espartero, por tener dos años de formación en la escuela de ingenieros. El éxito de la empresa le valió el ascenso a capitán el 19 de septiembre de 1816 y, aún antes de cumplir un año, el de segundo comandante.

TÁCTICA MILITAR

Tras el pronunciamiento de Riego y la jura de la Constitución gaditana por el rey, las tropas peninsulares en América se dividieron definitivamente entre realistas y constitucionalistas. San Martín aprovechó estas circunstancias de división interna para continuar su acoso al enemigo y avanzar, ante lo cual un numeroso grupo de oficiales destituyó a Pezuela como virrey el 29 de enero de 1821, nombrando en su lugar al general José de la Serna e Hinojosa. Se desconoce con exactitud el papel que en este movimiento jugó Espartero, aunque su unidad en conjunto fue leal al nuevo virrey. Sea como fuere, el que sería más tarde Duque de la Victoria se empleó a fondo en el sur del Perú y este de Bolivia en un modo de combate singular caracterizado por escasas tropas y acciones rápidas donde el conocimiento del terreno y la capacidad de aprovechar al máximo los recursos a mano eran determinantes. Este modo de operar será el que más tarde desarrolle también en la guerra en España.

El abrupto "Cañón de la Colca" fue uno de los emplazamientos usados por Espartero en Arequipa para consolidar las posiciones de las tropas realistas. Los ascensos de Espartero por acciones de guerra fueron constantes. En 1823 era ya coronel de Infantería a cargo del Batallón del Centro del ejército del Alto Perú. Cuando el general insurrecto Alvarado trató de penetrar con fuerzas muy superiores por las fortificaciones de Arequipa y Potosí, de las que se sentía especialmente orgulloso Espartero, el general Jerónimo Valdés no dudó en encargar a éste la defensa de la posición de Torata, con apenas cuatrocientos hombres, con el fin de hostigar desde ella al enemigo, al tiempo que Valdés organizaba una encerrona. Al llegar los sublevados, Espartero mantuvo durante dos horas la posición causando importantes bajas y replegándose a órdenes de Valdés de manera ordenada, mientras éste salía al encuentro del enemigo sin permitirle avanzar y, en un error del general Alvarado al desplegar una línea de frente excesiva, Valdés lanzó un ataque desde el que desbarató las pretensiones de penetración. Tras la llegada de José de Canterac, el enemigo fue puesto en fuga, siendo el Batallón de Espartero uno de los que persiguió a las fuerzas que huían por Moquehua y destacó por destruir por completo la llamada Legión Peruana. El general Valdés consignó en sus calificaciones sobre Espartero:

«Tiene mucho valor, talento, aplicación y conocida adhesión al Rey nuestro señor: es muy a propósito para el mando de un Cuerpo y más aún para servir en clase de oficial de Estado Mayor por sus conocimientos. Éste será algún día un buen general...»
A su valentía se unía una gran sangre fría y capacidad de engaño al enemigo, infiltrándose entre los sublevados para más tarde arrestarlos y, en juicio sumarísimo, condenarlos a muerte y ejecutarlos. Este modo de proceder sería una constante en su carrera militar.

FIN DE LA ETAPA AMERICNA Y REGRESO A ESPAÑA

El 9 de octubre de 1823, el victorioso comandante fue ascendido a brigadier otorgándosele el mando del Estado Mayor del Ejército del Alto Perú. Tras finalizar labores de control de los restos de insurgentes, La Serna lo envió a la conferencia de Salta como representante plenipotenciario del virrey para la firma de un armisticio que permitiese la extensión de los acuerdos con los insurrectos de Buenos Aires al Perú. En Salta se reunió Espartero con el general José Santos Las Heras, que actuaba en nombre de los comisarios regios. Acreditado, Espartero comunicó a Las Heras que el acuerdo no era posible, pues las fuerzas enemigas carecían de toda capacidad operativa y no se sentía el Virrey obligado a otorgar más que la generosidad con la que habían sido tratados. La actitud hostil de La Serna y el propio Espartero hacia los delegados en nombre del rey Fernando se ha interpretado como una afrenta a la Corona para algunos, o como una medida de contención de las aspiraciones independentistas para otros.

La figura de Espartero a esta edad fue trazada por el conde de Romanones como la de:

«... un hombre de estatura mediana, por el conjunto y proporciones de su cuerpo no daba la impresión de pequeñez.... de ojos claros, mirada fría... sus músculos faciales no se contraían en momento alguno...»

Aunque Espartero no participó en la Batalla de Ayacucho, tanto él como muchos de los militares protagonistas del reinado de Isabel II serían llamados los ayacuchos por su pasado en tierras americanas.El fin del Trienio Liberal y el retorno al absolutismo volvieron a dividir al ejército expedicionario. La Serna envió a Espartero a Madrid con el encargo de recibir instrucciones precisas de la Corona, partiendo para la capital desde el puerto de Quilca el 5 de junio de 1824 en un barco inglés. Llegó a Cádiz el 28 de septiembre y se presentó en Madrid el 12 de octubre. Aunque obtuvo para el Virrey la confianza de la Corona, no le fue posible garantizar los refuerzos pedidos.

Embarcó en Burdeos camino de América el 9 de diciembre, coincidiendo con la pérdida del Virreinato del Perú. Arribó a Quilca el 5 de mayo de 1825 sin noticias del desastre de Ayacucho, y fue hecho prisionero por orden de Simón Bolívar. Liberado, regresó a España con un numeroso grupo de compañeros de armas.

A su llegada fue destinado a Pamplona y posteriormente fijó su residencia en Logroño, muy a su pesar. Allí contrajo matrimonio el 13 de septiembre de 1827 con María Jacinta Martínez de Sicilia, rica heredera de la ciudad y gracias a la cual se convirtió en un hacendado.

LA IMPRONTA DE LA EXPERIENCIA AMERICANA

Aunque no participó en la decisiva batalla -lo que provocaba sus iras al serle mencionado-, sí que lo hizo en muchos otros enfrentamientos y, de hecho, él y muchos de los oficiales que le acompañaban serían conocidos en España como los ayacuchos, en recuerdo de su pasado americano y de la influencia que sobre sus ideas políticas tuvieron otros militares liberales que participaron en aquella guerra. Su actividad en la campaña americana fue febril y destacada por sus conocimientos en topografía y construcción de instalaciones militares, su capacidad de actuar rápido y con pocos efectivos, la virtud de movilizar con prontitud tropas y la autoridad que le reconocían sus soldados. Los méritos de guerra fueron numerosos, aunque hizo poca mención de ellos en los años posteriores.

PRIMERA GUERRA CARLISTA

A pesar de los favorables informes de sus superiores, de regreso en la península hubo de desempeñar funciones burocráticas y destinos menores, lo que le irritaba. Aprovechó para ordenar su nueva hacienda constituida por la fortuna heredada de su esposa, María Jacinta, y que consistía en un mayorazgo y diversos bienes vinculados donde se encontraban importantes fincas rústicas y urbanas y cerca de un millón y medio de reales procedentes también de los beneficios en las inversiones que los tutores de su esposa habían realizado durante la minoría de edad de ésta.

En 1828 fue nombrado Comandante de armas y presidente de la Junta de Agravios de Logroño y después se le destinó al Regimiento Soria destacado en Barcelona primero, y Palma de Mallorca más tarde. Pero la historia quiso que se le ofreciera una oportunidad en forma de conflicto civil.

A la muerte de Fernando VII, Espartero apoyó la causa de Isabel II y de la regente María Cristina de Borbón frente al hermano del difunto rey Fernando, Carlos María Isidro. Entre los cambios en la dirección del Ejército que la regente María Cristina adoptó en los primeros días de gobierno para eliminar a los elementos carlistas, Espartero fue nombrado Comandante General de Vizcaya en 1834, bajo las órdenes de un antiguo jefe suyo, Jerónimo Valdés, que lo había reclamado para el servicio en campaña. Participó así en el frente norte durante la Primera Guerra Carlista, desempeñando un destacado papel, no sin antes haber puesto en fuga distintas partidas carlistas en Onteniente.

Sus primeras medidas recuerdan mucho la etapa americana. Al frente de una pequeña división, ordenó la fortificación de Bilbao, Durango y Guernica para defenderlas de las incursiones carlistas, y persiguió las pequeñas partidas que se iban formando en distintos puntos. La primera operación de envergadura enfrentándose al grueso de las tropas enemigas tuvo como escenario Guernica en febrero de 1834. Sitiados los cristinos por una columna de seis mil hombres, Espartero liberó la ciudad el día 24 con cinco veces menos fuerzas que los atacantes, lo que le valió el ascenso a Mariscal de Campo.

LA PRIMERA DERROTA

En mayo se le otorgó la Comandancia General de todas las Provincias Vascongadas. La segunda gran acción que recibió como encargo fue a mediados de 1835. El general carlista Zumalacárregui había conseguido agrupar las partidas de voluntarios en un ejército bien organizado. Los cristinos, sin embargo, pasaban por una grave crisis al haber sido cambiados los mandos en varias ocasiones por la propia situación de conflictividad que vivía Madrid. En estas circunstancias, Zumalacárregui emprendió una ofensiva que le llevó a fijar posiciones avanzadas en Villafranca de Ordicia, dominando así una amplia zona de movimientos. Espartero recibió el encargo de Valdés de enfrentarse a Zumalacárregui, para lo que contaba con dos divisiones y un batallón, más otras dos divisiones que se aproximaban desde el valle del Baztán. El 2 de junio consiguió sin esfuerzo situarse en un alto a la vista de Villafranca, en el camino de Vergara. Aseguró las posiciones a la espera de los refuerzos, pero cambió de parecer y se dirigió a Vergara. Al estar a la vista del general carlista Francisco Benito Eraso, éste aprovechó la vulnerabilidad del batallón de retaguardia para atacarlo en su repliegue con poco más de tres compañías de infantería. La impresión de los atacados fue que el grueso carlista era numeroso y, poco a poco, se extendió el pánico entre la tropa que llegó a huir de manera desordenada hacia Bilbao. Éste fue el primer fracaso militar de Espartero, y la primera vez en la que se le encomendaba un ejército numeroso que debía combatir a la manera tradicional. Las consecuencias de la derrota fueron muy graves, ya que los carlistas, con poco más de ochocientos hombres, habían ocupado, no sólo Villafranca, sino también Durango y Tolosa.

El desarrollo de la guerra [editar]Los éxitos carlistas colocaron a Espartero en una situación propicia a su modo de combatir: fortificaciones aisladas, pocos hombres, ciudades asediadas, terrenos abruptos. Todo aquello que le hacía recordar sus años americanos.

Su valentía y arrojo fueron incuestionables, pero también su crueldad y el sacrificio de vidas humanas en el campo de batalla en momentos críticos, como en el primer sitio de Bilbao, que consiguió levantar, y en la batalla de Mendigorría, donde los cristinos obtuvieron su primera gran victoria en la guerra. Espartero debió enfrentarse desde ese momento a su superior, Luis Fernández de Córdoba, en una pugna entre ambos por recibir los méritos de las acciones de campaña.


Desarrollo del ataque al puente de Luchana por las tropas de Espartero con el apoyo de la armada británica y española. Grabado, reproducido como xilografía en Panorama Español, 1849.En Bilbao de nuevo, cuando catorce batallones carlistas asediaban la ciudad el 24 de agosto de 1835, Espartero participó activamente en el levantamiento del cerco sin apenas esfuerzo. De camino a Vitoria tras salir de Bilbao el 11 de septiembre, batallones carlistas se opusieron a sus unidades, por lo que ordenó arremeter contra ellos persiguiéndolos hasta Arrigorriaga, donde se encontró con importantes fuerzas carlistas que le obligaron a retroceder hasta la capital vizcaína. En este repliegue encontró tomada la entrada a la ciudad, con lo que recibió ataques por vanguardia y retaguardia. Acorralado, Espartero decidió enfrentarse a las tropas que en el puente sobre el río Nervión le cortaban el paso, pudiendo cruzar al fin camino de la ciudad en una brillante acción que le valió la Cruz Laureada de San Fernando y la Gran Cruz de Carlos III, además de una herida en el brazo. No obstante su desafiante capacidad, sus mandos no lo consideraban capaz de dirigir el grueso de los ejércitos cristinos dado su ímpetu alocado y sus reiterados actos de desobediencia a los superiores.

En 1836 el Ejército del Norte quedó en manos del general Lacy Evans, con Luis Fernández de Córdoba como General en Jefe. Recibidas órdenes de atacar al enemigo en cualquier situación de ventaja, Espartero ocupó en marzo el puerto de Orduña con fuerzas menguadas, ganando así una ventajosa posición para el ejército, lo que le valió una nueva Laureada de San Fernando y la posibilidad de efectuar una nueva acción días después sobre Amurrio. Tras las acciones con la III División al abrir franco el paso a Vizcaya, Fernández de Córdoba le propuso, muy a su pesar, para el ascenso a Teniente General el 20 de junio. Aún le permitió la guerra obtener el acta de Diputado por Logroño a las Cortes Generales en las elecciones celebradas el 3 de octubre de 1836 junto a quien sería otro gran adalid del liberalismo, Salustiano de Olózaga. Todavía sería elegido en otras tres ocasiones a lo largo de su vida, aunque no ocupó jamás su escaño y renunció en favor de otras provincias.

En el verano Espartero cayó enfermo y se desplazó a Logroño para recuperarse. Los movimientos liberales en toda España se sucedieron mientras descansaba. Los éxitos militares logrados le catapultaron finalmente a ser nombrado General en Jefe del Ejército del Norte y Virrey de Navarra en sustitución de Fernández de Córdoba. El motín de la Granja de San Ildefonso, que había colocado a la Regente en la necesidad de abandonar el Estatuto Real y dar más protagonismo a los liberales con el restablecimiento de la norma constitucional gaditana, favoreció también el nombramiento.

EL GENERAL EN JEFE

Alcanzar el grado de General en Jefe hizo que el futuro Duque de la Victoria moderase su crueldad, limitase sus acciones impetuosas y dedicase un tiempo a reorganizar el ejército isabelino que contaba con dos problemas graves: uno, la necesidad de moverse por un territorio, el carlista, bien asentado, donde las fuerzas leales a María Cristina sólo contaban con algunas grandes ciudades y fortificaciones, pero no libertad de movimientos; en segundo lugar, la falta de recursos para equipar las tropas y la ausencia de disciplina interna.

BILBAO DE NUEVO

Casi sin actividad bélica, los carlistas aprovecharon para reorganizarse y volvieron a sitiar Bilbao en 1836 con más fuerzas y mejor organizados que en la primera ocasión. Desde el Ebro y sin usar el camino de Vitoria, Espartero dirigió catorce batallones camino de la capital vizcaína en un viaje lento y tormentoso, concentrándose en el valle de Mena en noviembre, dado que no disponía todavía de información suficiente sobre los posibles movimientos del enemigo. Finalmente, mientras la flota hispano-británica le esperaba en Castro Urdiales, consiguió llegar el día 20 de noviembre y embarcar a su ejército, con trescientos jinetes más, camino de Portugalete, donde arribó el 27. Tomó los altos de Baracaldo pero le rechazaron los carlistas en el primer intento de entrar en Bilbao. Aunque el 30 la mayoría de los generales aconsejaron a Espartero que abandonase el intento de levantar el sitio, decidió no hacer caso: ordenó construir un puente de barcas sobre el Nervión y el 1 de diciembre el ejército isabelino se encontraba al otro lado, debiendo mantener las posiciones contra el incesante fuego enemigo. El segundo intento de levantar el cerco volvió a fracasar y la moral de la tropa decayó. Falto de dinero, que no llegó hasta mediados de mes, Espartero trazó un plan que le permitió atacar a un tiempo por las dos orillas del Nervión. El 19 de diciembre, los cañones de la Armada Española e inglesa apoyaron la operación de avance y la ciudad fue liberada en una acción meritoria, con Espartero enfermo y a la cabeza, entrando por el puente de Luchana el día de Navidad. Fruto de esta acción la reina regente le otorgó el título de Conde de Luchana.

Especialmente satisfecho, un oficial emitió según sus instrucciones el siguiente Oficio al Gobierno del que se extrae lo sustancial: «... Las privaciones y sufrimientos de las tropas de mi mando han quedado recompensadas en este día. Ayer a las cuatro de la tarde dispuse la atrevida operación de embarcar compañías de cazadores que se apoderasen de la batería enemiga de Luchana. Al poco tiempo, aunque en medio de una terrible nevada, se ejecutó la operación con el éxito más feliz para la bravura y entusiasmo de aquellas, y eficaz cooperación de la Marina inglesa y Española. El puente quedó en nuestro poder; los enemigos lo tenían cortado; pero a la hora y media ya estaba restablecido. Los enemigos, reuniendo considerables fuerzas, acudieron sobre aquel punto: el combate se empeñó ya de noche: el temporal de agua, nieve y granizo, fue espantoso: la pérdida que experimentó este ejército en las muchas horas de combate fue también de consideración. Los momentos fueron críticos; pero las cargas decididas á la bayoneta nos hicieron dueños de todas sus posiciones, haciendo levantar el sitio de esta villa, en la que he verificado hoy la entrada. Todas sus baterías, municiones é inmenso parque quedó en nuestro poder... Cuartel general de Bilbao, 25 de diciembre de 1836. Excmo. Sr. Baldomero Espartero. Excmo. Sr. Secretario de estado y del despacho de la guerra.»
Pasquín con el texto íntegro del Convenio de Oñate que se imprimió en 1839 para ser repartido por todos los frentes de batalla.

HACIA EL FIN DE LA BATALLA. CONVENIO DE OÑATE

Después de Luchana, la guerra tocaba a su fin. Las fuerzas leales a Isabel II eran superiores en número y capacidad operativa. Desde Bilbao, Espartero se trasladó por el norte del País Vasco hasta Navarra, concentró y organizó a las tropas, se dirigió al Maestrazgo y se vio obligado a enfrentarse con la denominada Expedición Real encabezada por el pretendiente carlista, último intento de éste de conquistar Madrid y obtener la victoria en la guerra. Espartero les alcanzó a las puertas de la capital, donde se libró la batalla de Aranzueque con victoria del general cristino. El éxito le colocó en una posición dominante entre los liberales, pero también entre todos los ciudadanos agradecidos por haberles salvado de la incursión y haber provocado el desmoronamiento del ejército enemigo. Los homenajes y agradecimientos públicos y privados convencieron a Espartero de que la popularidad obtenida era un equipaje muy valioso para alcanzar el poder político.

Entre 1837 y 1839, al tiempo que formó un gobierno fugaz por falta de sostén parlamentario suficiente, derrotó a las tropas carlistas en Peñacerrada, en Ramales —que se llamó Ramales de la Victoria desde entonces— y en Guardamino.

Fomentó la división entre los carlistas y firmó la paz, promovida muy activamente por el representante militar de Gran Bretaña en Bilbao, lord John Hay, con el general carlista Rafael Maroto mediante el Convenio de Oñate el 29 de agosto de 1839, confirmado con el abrazo que se dieron estos dos generales dos días más tarde ante las tropas de ambos ejércitos reunidas en los campos de Vergara, acto que se conoce como el Abrazo de Vergara. El final victorioso de la guerra le valió el título de Grande de España y Duque de la Victoria, amén de los de Vizconde de Banderas y Duque de Morella. Muchos años más tarde, el rey Amadeo I le concedió también el de Príncipe de Vergara.

La firma del acuerdo de paz con Maroto había sido contestada por muchos sectores carlistas, entre los que se encontraba el general Ramón Cabrera que, refugiado en el Maestrazgo, plantó cara a Espartero hasta que fue derrotado con la conquista de Morella el 30 de mayo de 1840, acción por la cual la Reina Isabel le concedió el título de Duque de Morella y el Toisón de Oro. Cabrera huyó hacía Cataluña con la mayor parte de los restos del Ejército del Norte, siendo perseguido por el general O'Donnell.

EL POLÍTICO RADICAL

Terminada la guerra, Espartero había alcanzado gloria y fama entre todo el pueblo y, lo que es más importante, en el seno del ejército. En agosto de 1837 se había unido al Partido Progresista por rechazo a la inestabilidad que propugnaban los moderados. Sus enfrentamientos con Ramón María Narváez venían desde años atrás, cuando no se le suministraban las mismas tropas, material y fondos que al Espadón de Loja.

Las incursiones de Espartero en política desde 1839 eran duramente contestadas por la prensa moderada. Consciente de su poder y opuesto al conservadurismo de María Cristina, tras las revueltas de 1840 consiguió ser nombrado Presidente del Consejo de Ministros, pero el insuficiente apoyo le obligó a dimitir. Espartero lideraba sin oposición el Partido Progresista y necesitaba una mayoría suficiente en las Cortes. El motín de la Granja de San Ildefonso había llamado la atención a los moderados sobre la fortaleza de los liberales y, por tanto, del propio Espartero. Así, el enfrentamiento con la Regente acerca del papel de la Milicia Nacional y de la autonomía de los Ayuntamientos,[9] concluyó en una sublevación generalizada contra María Cristina en las ciudades más importantes —Barcelona, Zaragoza y Madrid, las más destacadas— y en la renuncia y entrega de ésta de la Regencia y custodia de sus hijas, incluida la Reina Isabel, en manos del general.

ESPARTERO, REGENTE DE ESPAÑA

Espartero alcanzó la Regencia mientras María Cristina marchaba al exilio en Francia. No obstante, el Partido Progresista se encontraba dividido respecto a cómo ocupar el espacio dejado por la madre de Isabel II. Por un lado, los llamados trinitarios abogaban por el nombramiento de una Regencia compartida por tres miembros. Por otro, los unitarios capitaneados por el propio Espartero mantenían la necesidad de una Regencia unipersonal sólida. Finalmente, Espartero fue elegido el 8 de marzo de 1841 Regente único del Reino por 169 votos de las Cortes Generales contra 103 votos que obtuvo Agustín Argüelles. La fortaleza del general le permitió alcanzar la Regencia no sin antes haberse enemistado con una parte significativa del Partido Progresista, que veía en el general un autoritarismo latente.

Su modo de gobernar dictatorial, personalista y militarista provocó la enemistad con muchos de sus partidarios. Esta situación de tensión interna entre los progresistas fue aprovechada por los moderados con el levantamiento de O'Donnell en 1841, que se saldó con el fusilamiento de algunos destacados y apreciados miembros del ejército, como Diego de León. Con posterioridad, el alzamiento de Barcelona en noviembre de 1842, provocado por la crisis del sector algodonero, fue reprimido con dureza por el Regente al bombardear la ciudad el 3 de diciembre con cuantiosas víctimas. Suya es la frase "a Barcelona hay que bombardearla al menos una vez cada 50 años", siendo el preludio del fin de su Regencia. El general Prim se sublevó en Barcelona, y le siguieron, entre otras ciudades, Granada y la propia Madrid.

Revuelta en Barcelona contra la política fiscal de Espartero.En 1843 se vio obligado a disolver las Cortes, ante la hostilidad de las mismas. Narváez y Serrano encabezaron un pronunciamiento conjunto de militares moderados y progresistas, en el que las fuerzas propias del Regente se pasaron al enemigo en Torrejón de Ardoz.

EXILIADO EN INGLATERRA

Tras huir por Cádiz, marchó al exilio en Inglaterra el 30 de julio. Las nuevas autoridades ordenaron que, de ser hallado en la península, fuera "pasado por las armas" sin esperar otras instrucciones. Pero las maniobras de Luis González Bravo y del propio Narváez contra los progresistas, en especial contra Salustiano Olózaga, hicieron que éstos no tardaran en reclamar de Espartero, exiliado, el liderazgo de los liberales.[11] En Inglaterra Espartero vivió una vida austera, aunque era agasajado constantemente por la Corte británica y toda la nobleza. No perdió de vista la política nacional y, sin duda, buena parte de las acciones civiles y militares de los progresistas en este periodo contaron con su beneplácito.

La Constitución moderada de 1845 no aseguró la estabilidad política. Antes al contrario, la distancia entre liberales y moderados se agrandó. Isabel II, aconsejada por su madre, trató de acercar a Espartero de nuevo hacia la Corona, sabedora de que, más temprano que tarde, habría de contar con un hombre admirado por su pueblo y de tan importante influencia. Así, el 3 de septiembre de 1847, el entonces Presidente del Gobierno, Joaquín Francisco Pacheco, le expidió el Decreto por el cual la Reina le nombraba Senador y, poco más tarde, embajador plenipotenciario en Gran Bretaña. Era el tiempo de la reconciliación.

RECONCILIADO CON LA REINA

La vivienda de Espartero en Logroño. La Ilustración española y Americana. Madrid, 1879.En 1849 fue restituido en sus honores y regresó a España, refugiándose en Logroño y abandonando la vida pública. Reapareció de forma esporádica junto a Leopoldo O'Donnell después de la revolución de 1854, con quien compartió el liderazgo político en el llamado Bienio Progresista (1854-1856), años en los que fue nuevamente presidente del gobierno.[13]

Después del retiro, el Duque de la Victoria se sintió con fuerzas para esta nueva llamada a la responsabilidad pública, haciendo a sus conciudadanos una breve proclama: «Riojanos: Me separo de Logroño, mi pueblo adoptivo, porque la patria y su libertad reclaman mi presencia en la invicta Zaragoza. Me llevo el grato recuerdo de siete años en que he sido vuestro conciudadano. Un solo encargo os dejo: Obedeced a la patriótica junta que ha sido instalada en este día, respectad sus disposiciones y conservad el orden, garantía segura del triunfo».

Pero el propio O'Donnell terminó por desplazarlo del poder con su proyecto de Unión Liberal, tramando desde su puesto como Ministro de la Guerra cuanto convenía a sus intereses. Espartero ya no era el hombre capaz de agotarse hasta el extremo y comprendió que la reina Isabel había colocado, al decir de Romanones, «dos gallos en el mismo gallinero» para mantener a dos de los más prestigiosos generales de su lado.[14]

UNA CORONA PARA EL MILITAR

Cuando fue destronada la reina Isabel II por la revolución de 1868, Juan Prim y Pascual Madoz le ofrecieron la Corona de España, cargo que no aceptó. Los años habían hecho mella en su persona y no se consideraba con fuerzas para tan alta empresa. La ciudadanía y buena parte de la prensa liberal reclamaba al viejo general octogenario para ser proclamado Rey. Panfletos, artículos -sobre todo en los diarios La Independencia y El Progreso- e incluso canciones con mejor o peor fortuna y gusto pedían en las grandes ciudades que se ofreciera al general la Corona. En la primavera de 1870, una comisión de Diputados viajó camino del retiro del general en Logroño para pedirle que aceptara la empresa. Portaban una carta del entonces Presidente del Consejo, Juan Prim, en la que se leía: «Madrid, 13 de mayo de 1870. Serenísimo Señor: El Gobierno del Regente considera llegado el momento de dar una solución definitiva al momento que atravesamos. Los dignos ministros que componen el Gobierno que tengo el honor de presidir anhelamos el bien de la patria y la consolidación de sus libertades. Sabido es que al resolver la cuestión de Monarca amigos y apasionados de V.A. se acordaron de los servicios prestados a la causa constitucional por el pacificador de España. Para este caso, y, según lo he hecho autorizado por el Gobierno, como lo estoy en esta ocasión presente, en todas la candidaturas anteriormente iniciadas, con los respetos debidos, desearía saber si podría contarse con la aceptación de V.A. para Rey de España en el caso de que las Cortes Constituyentes y soberanas se dignaran elegirle. El Gobierno no patrocina ninguna candidatura, dejando a la Asamblea la más completa libertad. Tiene, sin embargo, el deber de evitar que las pasiones se agiten inútilmente si no hubiese de aceptar el candidato que las Cortes elijan. V.A. conocerá cuán elevado y patriótico es el pensamiento que, en nombre del Gobierno, me obliga a dirigir a V.A. esta carta, de la que es portador mi antiguo amigo y diputado a Cortes el Excmo. Sr. D. Pascual Madoz, quien ciertamente es una de las personas más adictas a V.A. Queda de V. A. con las más distinguida consideración, su afectuoso y muy respetuoso servidor, Firmado: El Conde de Reus. A.S.A. serenísima y capitán general del Ejército don Baldomero Espartero, Duque de la Victoria».
Juan Prim y Prats.

La carta, pues, invitaba a ser candidato, más que a ser Rey, con la prevención de que no se sublevase si no era elegido. Tal era el temor que el viejo Capitán General todavía producía en las filas de algunos mandos del ejército. Envió una breve respuesta negativa y cortés a Prim, y a Nicolás Salmerón que encabezaba la delegación parlamentaria le expresó, entre otras cosas: «...al trasmitir ustedes la expresión de mi gratitud al general Prim y demás amigos que en mí pusieron las miras con tan alto pensamiento, díganles de mi parte que la abandonen por completo y que alarguen el paso en el camino de la constitución monárquica del país. Que desistan de traer al solio español a ningún príncipe extranjero porque eso sería prolongar la peligrosa interinidad en que vivimos...»

Les advertía así sobre el alcance funesto que podía tener para España una monarquía extranjera y la frustración que entre el pueblo eso iba a generar.

CUMPLIMENTADO POR LOS JEFES DE ESTADO QUE SE SUCEDIERON

Elegido Amadeo de Saboya como Rey de España, en septiembre de 1871 anunció públicamente su voluntad de acudir a visitar al general Espartero en su residencia de Logroño. Se desconoce si fue aconsejado para hacerlo, pero en el convulso periodo del Sexenio Democrático y con un Rey atípico elegido en Cortes, pareció conveniente al monarca ganarse la confianza de quien era una leyenda del liberalismo.

El propio Duque de la Victoria fue a recibirlo a la estación de ferrocarril vestido con traje de gala como Capitán General, acompañado de autoridades civiles y militares de la ciudad y recorrieron juntos el trayecto hasta la casa del Duque en medio del júbilo de la población que aclamó a ambos. Pasó dos días alojado el monarca en la residencia de Espartero y apenas tuvo más contacto con la población que asistir a dos actos protocolarios. Se desconoce el contenido de las conversaciones durante el tiempo que estuvieron juntos, pero Espartero, cuando lo acompañó de regreso a la estación de tren, dio muestras de alegría, respeto y lo trató como Rey legítimo de los españoles, reconocimiento que muy bien podría ser el que buscaba Amadeo. A su regreso a Madrid, el Rey le concedió el título de Príncipe de Vergara (2 de enero de 1872), con tratamiento de Alteza Real.

Aún recibiría en su hogar al propio Estanislao Figueras tras la proclamación de la Primera República Española y a otro Rey que vendría a cumplimentarlo por tres veces: Alfonso XII.

El Rey Alfonso acudió por vez primera el mismo año de su elección, el 9 de febrero de 1875, acompañado del Ministro de Marina y también pasó, como Amadeo, la noche en casa del Duque. La delicada salud del viejo general le impidió acudir a recibir al monarca, que encontró a un hombre envejecido pero que guardaba parte de sus antiguas fuerzas. El Rey le comunicó la concesión de la Gran Cruz de San Fernando, a lo que el propio Espartero hizo buscar entre sus condecoraciones alguna de las ganadas con anterioridad y quiso imponérsela a Alfonso XII para, en sus propias palabras: «... recuerde que el Rey Constitucional, a más de valeroso debe ser justo y fiel custodio de las libertades públicas, con lo que asegurará la felicidad del pueblo y logrará captar su amor... »

Regresó el monarca el 6 de septiembre de 1876 para comunicar al victorioso general de la Primera Guerra Carlista que, nuevamente, el carlismo había sido vencido, y tiempo después, el 1 de octubre de 1878, celebrándose una ceremonia religiosa por las almas de las esposas de ambos, fallecidas hacía poco tiempo.

Pasó los últimos años de su vida en su hogar, rodeado del afecto de sus paisanos, siendo referente de muchos de los políticos de la época. Su conocida altanería dio paso a un hombre de estado, consejero para todos y que manifestó en cuantas ocasiones pudo su deseo de que las desavenencias entre las distintas facciones políticas no se solventasen más por la vía de las armas. La muerte de su esposa Jacinta le sumió en un profundo pesar y ya no atendió más que a su propio final.

Su testamento había sido otorgado el 15 de junio de 1878, apenas seis meses antes de fallecer y poco después de la muerte de su esposa. Al no tener hijos, Espartero nombró heredera universal a su sobrina Eladia Espartero Fernández y Blanco, por quien sentía gran predilección. La herencia, constituida por una gran fortuna, iba acompañada de todos los títulos y honores. Al resto de sobrinos y al personal de su casa les dio mandas y legados, y a su antiguo ayudante, el Marqués de Murrieta, le otorgó la espada con la que Bilbao le obsequió y la estatua ecuestre que le regaló la ciudad de Madrid, además de otras pertenencias militares menores.

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